Los genes de la justicia
15.Junio.2016

Hoy piden justicia para Berta Cáceres pero saben que también la están pidiendo para Honduras.

Mamá Berta tiene una sonrisa serena. Nos recibe con un saludo cariñoso, bien abrigada: ha estado enferma y esa mañana refresca en La Esperanza. Se sienta en una mecedora de madera, retirada de la corriente, y nos mira con sus ojos oscuros, recios, que encierran tantas historias, a sus 83 años. Madre de doce, al escucharla hablar enseguida entiendo que una de sus hijas sea Berta Cáceres.

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Mamá Berta fue alcaldesa de la Esperanza, tres veces, y la primera alcaldesa de Honduras. “¡Lo que luché con los hombres!”, dice recordando la época en la que llegó a la política, en la que el machismo en el país era aún más exacerbado de que lo es hoy en día. Lo de las luchas le viene de lejos, cuenta. “Ya de joven recuerdo ver a los presos siendo llevados por las calles de La Esperanza con grilletes en los pies; yo les ponía trapos para que no les hicieran daño”. Esos presos ayudaron a la construcción de las escalinatas de La Gruta, una ermita dedicada a la Virgen de la Inmaculada Concepción.

 

Las paredes de la habitación donde charlamos tienen varias fotos de Berta Cáceres, la activista lenca asesinada el pasado 2 de marzo. Reparo en un círculo metálico sobre la mesa en la que apoyo el café que me han servido con un guiño y un “café de verdad; del de Honduras”, y leo una leyenda que me dice que estoy frente al Goldman Environmental Prize ⎯reconocido premio internacional destinado a reconocer logros medioambienta-les⎯, concedido a Berta en el 2015, por su trabajo deteniendo la construcción de una represa en el río Gualcarque, sagrado para los indígenas lenca.

“Era partera. Ayudé a nacer a más de 4.000 bebés”, sigue contándonos Mama Berta con sencillez. “Me enseñó una gringa de Unicef que vino por aquí. Entonces no había ni hospitales. Ahí servimos mucho”. Su nieta Laura, la hija pequeña de Berta, está siguiendo sus pasos y estudia para convertirse en matrona. “Varios meses después de que dejara de trabajar como partera”, dice mirando a su abuela con orgullo, “aún escuchaba los llantos de los bebés recién nacidos y de las mujeres llamándola”. Mamá Berta asiente, con la nostalgia del que añora tiempos lejanos.

El día anterior, habíamos estado en Utopía, un espacio del Consejo Cívico de Organizaciones Populares e Indígenas de Honduras (COPINH), organización que fundó Berta Cáceres en el 1993. Me había llamado la atención cómo los valores de Berta seguían sonando con fuerza en las palabras de sus compañeros y compañeras. Hablaban de la cosmovisión, de la madre naturaleza, del rechazo a lo patriarcal, al capitalismo, al racismo. También hablaban de Berta: su compa, su mami, su protectora, su guía, su luz. Y lo hacían narrando una energía y una fuerza que ahora veía en aquella mujer, sentada en su mecedora, envuelta en un pañuelo negro ⎯esa mañana refresca en La Esperanza⎯, enfrentándose a la pérdida, desde el convencimiento de que, en su familia, la lucha es el pilar que la mantiene unida. A mí se me antoja que ella también es ese pegamento sanador que motiva a seguir caminando.

El próximo 15 de junio, habrá una acción global pidiendo justicia para Berta Cáceres. Miles de personas se reunirán en distintos eventos, en decenas de países, reclamando que se tomen acciones reales para esclarecer los acontecimientos que terminaron con el crimen de Berta. “Yo sólo quiero que encuentren a los autores intelectuales que están detrás del asesinato de mi hija”, dice Mamá Berta, esperando que haya una investigación independiente sobre el caso.

La Comisión Interamericana de Derechos Humanos se ha ofrecido a organizar un grupo como el que investigó la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, en México, pero el Estado hondureño guarda silencio y juego la carta del tiempo, esperando a que se calmen las aguas de un crimen que ha tenido eco en todo el mundo ⎯personalidades como Leonardo diCaprio o Susan Sarandon, entre otras, han tenido gestos de solidaridad, así como también organizaciones internacionales a lo largo y ancho del globo.

Si hay algo que tiene claro la familia Cáceres es que no van a rendirse. Saben que sus vidas corren peligro ⎯la policía se ha convertido en sus escoltas allá donde van, como medida de protección otorgada por la Comisión⎯ y que tienen el viento en contra a la hora de encontrar la verdad en un país extremadamente corrupto, donde cuentan con el mayor índice de asesinatos a medioambientalistas en el mundo. Pero la familia Cáceres está fundada sobre los cimientos puestos por Mama Berta, una mujer con corazón de acogida de la que han heredado sus genes de justicia y por la que se han convertido en el ejemplo de lucha en el que defensores y defensoras del país toman aire para continuar.

Hoy piden justicia para Berta Cáceres pero saben que también la están pidiendo para Honduras.

** Este texto fue originalmente redactado para El País en España. Ver Original.