La identidad trasplantada de Osmín
Este guatemalteco de 27 años, relata la lucha por visibilizar su historia como víctima de las redes de trata con fines de adopción que dividieron a miles de familias en Guatemala.
Publicación: 21.Mayo.2017

“Mi pasaporte dice Ricardo William Borz, pero mi nombre es Osmín Ricardo Tobar Ramírez”, aclara, en un perfecto inglés, y agrega que prefiere ser llamado Osmín.

Su español es distinto: ahí el diálogo se resiente. Se convierte en un gringo, dice, hablando otro idioma. Desde los 9 años y, hasta hace poco, casi no lo practicaba: fue arrancado de su familia y su país natal, Guatemala, cuando tenía siete años. Lo llevaron a Estados Unidos, donde se convirtió en Rico.

Osmín fue una víctima más de las redes de trata con fines de adopción que operaron en Guatemala entre los años 90’ y comienzos del 2000. De acuerdo a las cifras que maneja la Procuraduría General de Derechos Humanos y que la Fundación Myrna Mack recopila en su informe, entre 1996 y 2006, 27.871 niños y niñas fueron dados/as en adopción de manera irregular.

El llamado

Su historia comenzó con un supuesto llamado anónimo en la Magistratura Coordinadora de la Jurisdicción de Menores, el 18 de diciembre de 1996 (ver línea de tiempo del caso). El expediente de su caso notifica que hubo un aviso sobre la situación de abandono de él y su hermano de dos años. “Recuerdo que mi mamá había salido a trabajar cuando llegó una van blanca y nos removieron de la casa”, cuenta.

Después de eso, vendrían denuncias cruzadas: las de Sección de Menores de la Procuraduría General de la Nación (PGN) —sosteniendo la negligencia de sus padres—, y los recursos que estos presentaron apenas supieron que él y su hermano habían sido conducidos a una casa de acogida.

En total, Osmín pasó por tres instituciones, encargadas de su protección. “Nadie me explicó la situación. No me preguntaron por mi situación o por la de mis papás, ni si me quería mover con algún otro familiar”, recuerda.

Luego vino el llamado. Era la misma escena que Osmín había visto en otras ocasiones, dentro del hogar en que se encontraba. Un día de julio, en 1998, le pidieron que viniera y saludara a sus nuevos padres, que estaban ahí para llevárselo. Esto, mientras su familia biológica, seguía apelando a la decisión, presentando acciones y recorriendo los ocho juzgados que conocieron del caso en alguna etapa del proceso.

—¿Cómo fue adaptarse a la cultura de Estados Unidos?

Fue duro. Especialmente viniendo de un contexto humilde de Guatemala, para llegar a un estado del sur del país, donde la gente tiene dinero y el paisaje es distinto. Me sentí impotente de decidir mi propio destino.

Ni el cambio de nombre ni el sitio le quitaron la etiqueta de latino. “Era más pequeño, mi piel era más oscura. Traté de todo para encajar, pero eso sólo degradaba la confianza en mí mismo”, narra. “Fui bulleado, maltratado, discriminado”.

El hogar lejos de casa

Desde los 12 años, afirma Osmín, su desarraigo se volvió consciente. No obstante, explica que el tema se esquivaba dentro de su familia adoptiva, en Pittsburg: “Nunca tuvimos una conversación abierta. Es una de esas cosas que terminó escondida bajo el tapete”.

De ahí en adelante, asegura, pasó todos los días navegando por internet, reconstruyendo su historia y siguiendo cualquier rastro que lo condujera a su familia original. “Aún tenía recuerdos que nunca borré. Siempre pensé en volver cuando fuera pertinente”.

En el 2009, mientras se encontraba en la universidad, recibió un mensaje por Facebook. Era Gustavo, su padre biológico, tratando de comunicarse con él. “No hay palabras para explicar lo que sentí, volví a ser un niño”, cuenta con emoción. “Ahí fue cuando decidí volver a Guatemala. Tenía un amigo de la universidad que pagó mi viaje. Alguien más ayudó con el ticket de avión para que pudiera ir. Sólo quería reencontrarme con mis padres”. 

—Cuando volviste a Guatemala, ¿Sabías dónde estaban tus padres y cómo encontrarlos?

Lo más divertido es que todos/as fueron a buscarme al aeropuerto, porque para ese entonces ya tenía comunicación con mi padre y con algunas personas de la familia. Cuando les dije que iría, prepararon todo para mí. Fue algo que nunca voy a olvidar. Lo disfruté muchísimo. Lo amé. Sentí que todo volvía a tener sentido.

Mientras tanto, su caso había llegado hasta la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, que había acogido la denuncia de Movimiento Social por los Derechos de la Niñez y del Centro por la Justicia y el Derechos Internacional (CEJIL). En el 2006, las organizaciones habían iniciado el proceso junto a los padres, para probar las violaciones de derechos humanos de las que éstos habían sido víctimas y de las que el Estado de Guatemala era responsable.

Tras las pruebas presentadas para demostrar las irregularidades en el proceso; la falta de mecanismos alternativos a la institucionalización de Osmín y su hermano; y la cadena de funcionarios/as públicos y privados involucrados/as, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos emitió un informe de fondo y posteriormente, llevó el caso lhasta la Corte Interamericana de Derechos Humanos, en el 2016.

La Corte IDH, de forma inédita, se encuentra analizando un caso relacionado con trata de personas con fines de adopción, lo que representa una oportunidad histórica para sentar precedentes en toda la región.

El lunes 22 de mayo del 2017, Osmín se sentará frente a los jueces, a su padre y a representantes del Estado para contar su historia. Para relatar, una vez más, después de casi 20 años de ese viaje sin retorno a Estados Unidos, qué significó para él que le robaran su identidad.

—¿Qué esperas que resuelva la Corte Interamericana?

La Corte nunca ha revisado un caso como éste, así que no sé qué puede salir. Eso sí, quiero hacerles saber lo que me pasó, pero también que todo el caso no es sólo sobre mí. Que fue el Estado quien tomó acciones que destruyeron familias y que es su obligación confrontar las acciones que llevaron a cabo. Para que esto no se vuelva a repetir, las personas deben saber todo lo que ocurrió y quiero luchar para que sus voces se oigan. Todos/as merecemos que nuestros derechos humanos sean respetados, sin importar si somos pobres o ricos. También quiero que las personas responsables de lo que me pasó enfrenten una debida investigación. Yo no voy a parar acá.

Su viaje de regreso, esta vez, será más corto. Volverá a Guatemala, donde reside desde el 2015. Osmín, dice, con determinación, que volvió de manera definitiva a vivir a su país de origen, para reencontrar sus raíces: “No me imagino de vuelta en Estados Unidos. En Guatemala me transformé mentalmente, encontré mis raíces y mi identidad. Ahora estoy viviendo mi sueño”.